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El Destino Del Lobo - John Broughton

El Destino Del Lobo - John Broughton

Traducido por Cecilia Piccinini

El Destino Del Lobo - John Broughton

Extracto del libro

Steyning, Oeste de Sussex, enero 685 AD

Aelfhere tiró de la correa que llevaba al cuello y la oreja marchita de un lobo hizo que se erizara la piel. El amuleto oculto no previno que su corazón se hundiera cuando el Lord de Kent bebió más cerveza. El mozuelo bebió rápido, los pómulos sonrojados, el brillo en su frente, la voz aguda sobre el ruido cargado de juramentos, revelaba mucho más. ¿El novato ignoraba cuánto estaba en juego?

            El aire lleno de humo causó que Aelfhere frotara sus ojos que le picaban antes de chequear en el ceño permanente de su hija, Cynethryth, sentada con otras mujeres nobles en el final del salón. Ella. Que tenía más razones que nadie para evaluar al joven, desaprobado, una actitud que su presentimiento.

            Extraños compañeros de mesa, los anfitriones Suth Seaxe y sus invitados. Nueve años atrás, los Mercianos –señores del sur de Suth Seaxe- devastaron Kent, ¡y molestó! La atmosfera, densa con desconfianza se propagaba a los perros, sintiéndose la tensión en la habitación, varios dejaron de masticar huesos y se pararon levantando sus talones. Algunos comenzaron a ladrar. Al lado del noble se sentaba el Rey Aethelwahl. ¡El viejo zorro! Gobernante debido al apoyo de los Mercianos en sus fronteras del norte. ¿Dónde está la verdad? Si le hubieran dado la espalda a los dioses de sus antepasados para abrazar a la lechera que adoraban sus vecinos: ¿el llamado dios que besaban sus enemigos en lugar de matarlos como cerdos o enviar a las valkirias para conducir al asesinado al Salón de la Muerte? O, como Aelfhere sospechaba, ¿promulgó una estratagema para ganar tiempo antes de sacudirse el yugo alienígena?

            Mirando hacia arriba, la mirada de Aelfhere recorrió la viga de amarre toscamente tallada, el roble de los bosques cubría los Downs. La misma madera formaba la empalizada alrededor de la fortaleza al mando del vado en Adur. Una llama parpadeaba en la cresta, su luz captaba la imagen del dios de la guerra con un solo brazo grabado en la pulsera de cobre en su muñeca. La imagen sombría de Tïw brillaba cuando alcanzaba su taza solo para Baldwulf, su amigo más cercano, para empujarlo, causando que su cerveza se derrame y Aelfhere maldijera. Apuntando con un hueso de costilla de carne, lo que indicaba el rellenado del cuerno del noble.

            Una vez antes en su vida Aelfhere había visto a Eadric, en Wiht, su casa isleña: un bebé en los brazos de su madre, la hermana del rey de la isla y la esposa de Ecgberht de Kent. El niño había crecido. Sus dieciocho años habían hecho de él un hombre, pero debió aprender a controlar sus bebidas. Ningún lancero seguiría una compensación de exilio – no en el sangriento asunto de reclamar un reino.

            Un grito de indignación perturbó sus pensamientos. Los hombres se pusieron de pie de un salto, los cuernos, copas y la comida desparramados en las mesas, mientras los bancos caían. Confuso, Aelfhere también saltó para ver a tres guerreros colgando de un oficial del rey – que se sentó en el lado lejano de Eadric. Un hombre agarraba su antebrazo con ambas manos para prevenir el uso de un arma punzante. Los otros dos luchaban por empujar al asaltante retorciéndose lejos del noble mientras todos alrededor, se reían y señalaban avivando la furia del noble indignado.

            Eadric también sostenía un cuchillo, pero con el brazo flojo a un lado mientras se mecía alegremente, su otra mano agarro un largo mechón de pelo.

            “Por el Gigante Lord de Mischief,” Aelfhere sonrió a Baldwulf, “lo esquivó como una oveja”.

            Él entonces se rió, “En el nombre de Logna, ¡él también lo ha hecho!”

            Los gritos y aplausos con el eco del alboroto en las vigas de estos hombres groseros comprendieron este tipo de humor.

            El silencio cayó cuando Aethelwalh martilló con el pomo de su espada.

            “Suficiente! ¡Es un mal deporte cuando un hombre se enoja con una broma!” Se volvió a Eadric, “Hermano, ven ahora, devuelve su premio al amigo Fordraed.”

            La sonrisa burlona y la diversión mal disimulada en sus ojos contrarrestaron la malicia en la expresión del otro. Un toldo de silencio acompañó al joven sosteniendo un puñado de cabello amarillos, una mano enorme lo arrojó al suelo.

            “De qué me sirve?”

            El gesto y la pregunta sin sentido llevaron a más risas, pero el sabio oficial del rey acalló su ira, demasiada cerveza y mal genio son malos compañeros y peores consejeros. Los sirvientes se apresuraban por enderezar y rellenar las copas y nada más terrible que las miradas fruncidas y ceñudas del oficial del rey atravesaron el alegre aleteo.

            En vano, Aelfhere intentó dejar a un lado los pensamientos sombríos. Esta debería ser una ocasión jubilosa pero aquí se sentó, un guerrero con cicatrices en medio de ruidosos juerguistas con una anciana mujer murmurando en su cabeza, irritante y molesta. Arwald de Wiht, su rey, le había ordenado aquí con una cantidad de hombres armados. En el resultado favorable de su misión montó la salvaguarda de la isla: un escudo para su modo de vida. Sabios avances, dado los meses muertos del año habían provocado un brote debilitante de la fiebre amarilla después de una cosecha pobre. En la línea de vida de Aelfhere, su patria nunca había sido tan vulnerable. Wihtwara debe fortalecerse. Nadie discute que los dioses ayudan a los que se ayudan a sí mismos, ¡para Woden ningún hombre podía decirle a quien servir o para quien trabajar! Tiempo para unir el Kenting con el Wihtwara y unir a ambos con la gente del Suth Seaxe en una fuerza que fuera reconocida. Con los años, ¡la gente de Aethewahl habían tenido cría con los Jutes! Suficiente sangre en común fluía en sus venas para soldar un bloque sureño capaz de tener un gran y fuerte poder invasor antes de contemplar un ataque.

            Cerveza y buena comida alegraba su humor a medida que avanzaba la noche, hasta que la luna iluminaba las formas jorobadas de hombres estúpidos con bebidas tumbadas bajo las mesas. Inestable en sus pies, Aelfhere desafió el frío hierro para recuperar su choza.

            Cynethryth llegó a él en la mañana. Ante su saludo, pasó su dedo por la cicatriz al lado de su nariz sobre el delgado bigote que ocultaba el corte en el labio y abajo hacia su mentón. El ritual, lo repetía cada vez que lo obligaban a escuchar algo que le disgustaba.

            “Padre, ¡insultar y molestar a un invitado no es la marca de un hombre sino de un mocoso arrogante! No necesito decirte la importancia del cabello para una persona de rango, un oficial del rey nada menos.”

            La lengua como una madeja de lana, la cabeza como el yunque de un herrero hizo que la discusión no fuera bienvenida.

            “Solo un bufón”, él pudo.

            “Un bufón! ¡Ustedes hombres son tan tontos! Una broma como esta puede conducir a un derramamiento de sangre. Yo vengo a decírtelo, padre, no me gusta él y no quiero tomarlo por mi esposo.”

            Ella cruzó sus brazos y lo miró fijamente.

            Luchando contra el apretón en su estómago y el juramento en su lengua, Aelfhere recurrió a tácticas sabias.

            “Hija, ¡ten piedad de mi pobre cráneo! Prepárame alguna de esas flores secas para la cabeza partida- “

“Matricaria?”

“Ay”

Ocupada cerca del fuego, ella preparaba agua para hervir en una olla. El calor lo envolvió desde la niña que él había criado desde que su esposa muriera en la agonía del parto. ¡Si él fuera un poeta que versos cantaría para alabar su belleza! Una mujer ahora, dieciséis años completos. La verdad sea dicha, su apariencia eclipsaba aún la de su madre, Elga, apodada ‘elfin-grace’ por su simpatía.

            Ah, Cynethryth, joya de mi vida, cambiante como las profundidades alrededor de nuestra isla. Un momento calmo, el rojo-dorado flujo del cabello como un reflejo del atardecer reflejado en un arroyo; ojos como la niebla gris que se arremolina en la costa en la mañana – la superficie ondula a través de la bahía la sonrisa en tus amorosos labios; al siguiente, semblante pálido como la espuma del viento, un temperamento negro e implacable como las interminables olas.

            Una risa irritante ante su propia vanidad hizo que su hija lo mirara.

            “¿Qué?”

            “Oh, nada. ¡Una fantasía! Podría tomar la audiencia. Nunca se sabe, si pasara la noche cantando habría menos tiempo para cenar…”

            Cynethryth sonrió y arrojó las flores secas de su bolsa en el agua hirviendo como ojos de peces. “Serviría para cada último hombre de ustedes. Dejaría de beber, padre… ¡La sala se vaciaría más rápido que nuestra cala en la marea baja! ¡Hay torres más afinadas que tú!”

            Hirviendo en el líquido. él encontró la consolación sabiendo que otras cabezas estarían peor que la suya esta mañana.

            ¿Cómo abordarlo con ella? Thunor martillando en mi cerebro no está ayudando.

            Sus obscuros ojos grises encontraron los suyos y él se estremeció ante su mirada penetrante.

            Un dedo metido dentro de su taza y retirado con un jadeo produce una risa tintineante que lo complació tanto. La había distraído.

            “’El no será un chico incauto para siempre, lo sabes…”

            “Uh?”

            “Eadric. He dicho- “

            “Te escuché, padre. Mi decisión está tomada. No me casaré.”

            Aelfhere sopló en su posición más fuerte que lo necesario. Tenía que encontrar una forma, pero ¡cómo, con la niña tan terca como las piedras que recubren el fuego! Además, el dudaba poder forzarla. Otros hombres de Wiht trataban a sus mujeres como bártulos, pero él no lo haría. Esta resolución dio forma a su enfoque.

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