
Contemporary & Literary Fiction · Women’s Fiction
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Traducido por Ana Rubio-Serrano
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THE STORY
Muy pocos conocían realmente a Antonia, a pesar de su fama como La Stella di Venezia. En la Venecia decadente del siglo XVIII, su vida la lleva de ser la alumna prodigiosa de Vivaldi a convertirse en su colega musical y en el orgullo de la música veneciana.
La historia sumerge al lector en la belleza y el esplendor de la ciudad, pero también en las pasiones que agitan y atormentan a sus personajes. Cuando Antonia se enamora de Orlando Sagredo, maestro del Palio, comienza a descubrir las ataduras emocionales que nunca había cuestionado, enfrentándose a un mundo donde el amor, la ambición y el poder se entrelazan con la música.
Poblada de músicos brillantes, políticos codiciosos y gobernantes vacilantes de la República de Venecia, Antonia de Venecia conduce al lector a las profundidades de la venganza y del sacrificio. En su recorrido, la novela reivindica la heroicidad femenina como una fuerza intemporal, poderosa y complementaria a la masculina.
Get your copy →Desde el principio, ella no perteneció a ninguna parte. Colocada al tercer día de su vida en el orfanato de la iglesia veneciana de Antonio Vivaldi, se incorporó a una familia de señoras y nodrizas que constituían un sin fin de mujeres que ayudaban en el orfanato. Los únicos padres sustitutos que conoció fueron la Priora del orfanato y el célebre Maestro Vivaldi. Ella aceptó esta separación, ése siempre estar en la periferia de la vida, como un derecho de nacimiento de una huérfana y, que nunca cuestionó. Más bien, se hizo experta en deslizarse por los círculos, esparciendo su singularidad a la manera que el jazmín impregna su perfume. Casi efímera, se fundió con su entorno. Al igual que la monja en la que eventualmente se convirtió, aprendió pronto a moverse por el diáfano lienzo de lo espiritual y desaparecer de la vida ordinaria. O, como el prodigio que era, se convertiría tanto en parte de su música que dejaría de ser la intérprete. Ésta era su verdadera morada. El mundo de las notas, capturado sólo en papel. Ella era el instrumento, la voz, el estuario para la música misma. Sus habilidades ocultas se perfeccionaron desde su innata timidez y desde su profundo intelecto. Muy pocas personas la conocían pese a su eventual fama como La Stella di Venice.
Antonio Vivaldi, violinista y compositor, la creó, convirtiéndola en su proyecto de por vida. La educó, la entrenó, la moldeó, la formó, la dobló, la rompió hasta que se convirtió en su perfección, hasta que, en realidad, se convirtió en una extensión de él mismo. Tomó a la joven huérfana y la transformó en Anna Giraud, su Obra Magna. Anna Giraud fue la pieza central de todas sus composiciones. Suya, hecha para brillar desde su cosmos privado en la política de Venecia mientras dirigía desde el podio, orquestándolo todo. Poseerla: su música, su voluntad, su alma.
Hasta que conoció a Orlando de Siena.
Él es el cómo y el porqué del cruce de mi destino con el de Anna, cuyo verdadero nombre era Antonia. Me llevó años conocerla, por supuesto. Y luego, más años para que mi vida y su soledad tuvieran sentido.
Cuando me encontré con esta mujer, el mismo día comenzó mi obsesión por ella, había estado luchando para creer, para encontrar sentido. No entendía la vida, no entendía el amor. Yo había elegido la vida de clausura porque me permitía vivir con mi dolor y comprendía mi búsqueda de un propósito. En última instancia, Antonia dio sentido a todo esto. En verdad, su historia había sido tejida en la historia de mi familia mucho antes de que descubriera la verdad. Mi abuela me había hecho darle vueltas muchas veces en mi infancia. Pero, hasta que hablé con ella durante su enfermedad, yo creía que la Antonia de nuestras historias familiares estaba muerta.
No sabíamos la una de la otra desde hacía mucho. Es decir, no de la manera en que en este mundo medimos el tiempo. Pero en el misterio de nuestro último apego fatídico, nuestro tiempo fue inmenso, y ella me confió su pasado y sus reliquias —su música y la historia que tan minuciosamente documentó—.
La vi primero en un jardín escondido al lado de la parte sur de mi convento. Cuidando las hierbas y las flores. Cantando tranquilamente para sí misma y, aun así, para alguien más. Al principio, porque era música santa y ella era una hermana ya anciana, pensé que estaba haciendo servir la música como oración. Pero había un motivo más importante. ¿Diría apasionado? Anhelante, deseoso, de complicidad. Desde fuera del jardín, la observé. Desde dentro del jardín, ella también observaba. Y escuchaba... a otro mundo, un mundo invisible para la mayoría de nosotros. Todavía me estremezco ante el recuerdo de esa sensación, sabiendo que ella estaba en otra parte.
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