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Children's & Middle Grade · Middle Grade

Las Cronicas de Artania · Book 1

Artania - El Grito De Los Faraones

Traducido por Pilar Ordaz

¿Puede un niño obligado a bañarse seis veces al día salvar un mundo mágico?

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THE STORY

About the book

Tropes

¿Puede un niño obligado a bañarse seis veces al día salvar un mundo mágico? Bartholomew Borax III, de once años, no puede ir a la escuela, jugar afuera ni, lo peor de todo, crear arte. Pero lo necesita tanto que dibuja a escondidas. Su vida cambia cuando conoce a Alexander DeVinci, un pintor y patinador, y un cuadro encantado los arrastra a otro reino.

Ese reino se llama Artania, un lugar donde las esculturas y pinturas están vivas. Tan fascinante como peligroso, Artania se encuentra al borde de la destrucción, y el arte de Bartholomew es la única esperanza para salvarlo. Entre paisajes que parecen cobrar movimiento y figuras mitológicas que lo guían, el joven descubre que su imaginación puede ser más poderosa de lo que jamás imaginó.

Acompañado por dioses y diosas egipcios, Bartholomew enfrenta duelos, batallas y escapes sobre patineta mientras lucha contra el ejército del malvado Sickhert. Con cada prueba crece su fuerza creadora, y poco a poco comprende que ser fiel a sí mismo es la clave no solo para rescatar Artania, sino también para devolver el arte al mundo.

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Capítulo 1
El aire olía más antiséptico de lo usual esa mañana de primavera. Tosiendo en medio de los humos del cloro, Bartholomew Borax III salió de la cama y se puso su bata con monograma. Fue ahí cuando notó el sonido extraño.
Él ladeó su cabeza. No era nada como el sonido usual de trapeadores deslizándose sobre el suelo o el ruido de las aspiradoras. Cuando Bartholomew abrió la puerta de su habitación y asomó su cabeza en el pasillo largo, un llanto ahogado le llegó a los oídos.
"Hic-hic-hic-hoo. Hic-hic-hic-hoo"
Sacando el bosquejo preciado de anoche de debajo de la almohada, Bartholomew lo miró por un momento. Había tres generaciones pintadas lado a lado. Aunque imposible, era un sueño que había tenido muchas veces. Hubiera sido asombroso, abuelo, padre y yo, todos envueltos en color.
Anoche, él finalmente había escapado de las miradas curiosas lo suficiente para que sus manos volaran sobre la página. Mientras su lápiz dibujaba furiosamente, lo imposible tomó forma y, por un momento, él vivió en el sueño.
Suspirando, Bartholomew metió el dibujo en su bolsillo y lo palmeó para aplanarlo. Con el arte prohibido a salvo de espías, bajó de puntillas por la escalera hacia la sala principal.
Ahí, en el arco de la puerta, se congeló incapaz de creer lo que sus ojos veían. Era normal ver a Madre sentada rígidamente en la silla alta, su cabello rubio plateado en un apretado moño con las venas pulsándole en la frente. ¿Pero lágrimas gruesas rodando por las mejillas pálidas de Hygenette Borax?
De ninguna manera. Él la había visto molesta más veces de las que podía contar ¿pero llorando? Nunca. Demasiado desorden.
Después de ocho hipidos rítmicos, ella limpió cada ojo delicadamente con un pañuelo de seda, inhaló e hizo sonar la pequeña campana sobre la mesa de mármol junto a ella.
Bartholomew sintió una ráfaga de viento cuando Yvette pasó apresurada, haciendo reverencia tres veces. Como si fuera una bandera blanca, Madre agitó su pañuelo para que la doncella lo pudiera depositar en la canasta y le hizo una señal al mayordomo, quien siempre estaba parado atento en el pasillo. Él entró con una bandeja plateada que contenía un pañuelo doblado perfectamente e hizo una reverencia con la cintura, ofreciéndoselo a la Sra. Borax.
—Madre ¿qué pasa? —la voz de Bartholomew apenas era un murmullo.
Madre tomó el pañuelo con sus manos temblorosas.
—Es tu… abuelo. Él ha… él ha… él ha… ¡fallecido! —sollozó, hipando de nuevo.
—¿El abuelo Alabaster? —Bartholomew jadeó.
—No, muchacho tonto. El abuelo Borax. Él… tuvo un… infarto. Y nosotros… tenemos… que —hipo, hipo— irnos pronto.
El tutor privado de Bartholomew, el Sr. White, entró y miró con tristeza a su estudiante, los ojos color verde brócoli se veían saltones, como los de un pescado, más que nunca.
—¿Es verdad? —Bartholomew preguntó. Pero no necesitaba una respuesta. El rostro pálido de su madre le dijo todo.
—Me temó que sí —el Sr. White dijo.
—¡No el abuelo! Él era tan… tan maravilloso —él se detuvo, recordando.
El abuelo de Bartholomew, Bartholomew Primero, había sido más alegre que cientos de navidades. Cada verano, él les visitaba y contaba historias que hacían al muchacho reír hasta que su estómago doliera. Bartholomew amaba escuchar una y otra vez como él había convertido una pequeña fábrica en una de las compañías de cloro más grandes del mundo.
—Utilicé mi ingenio y uno que otro truco —él diría, palmeando su rodilla—. ¡La competencia nunca lo vio venir!
Luego, él palmearía a quien estuviera más cerca en la espalda, quien usualmente era Madre. Con una sonrisa débil, ella soportaba las palmadas y luego se excusaba calladamente. Bartholomew sabía que ella se iba a bañar y a cambiar; manos sobre su vestido limpio nunca funcionaría. Bartholomew sonrió con el recuerdo.

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