
Science Fiction · Science Fiction Thrillers
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Serie Cuentos de la Dama de las Estrellas · Book 1
Traducido por Jose Alberto Valenzuela
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THE STORY
En esta colección de relatos, las raíces son antiguas y profundas, y las fuerzas que se ocultan bajo la superficie rara vez muestran su verdadero rostro. Criaturas míticas y figuras del folclore europeo llegan, disfrazadas, a los rincones más tranquilos del noroeste del Pacífico. Lo sobrenatural se mezcla con la superstición, y la frontera entre ambas cosas es tan fina que apenas se distingue.
Entre estas páginas habitan vampiros, zombis, elfos oscuros y hasta visitantes de otros mundos. Hay una casa abandonada donde el silencio se convierte en amenaza, un juicio de tinte kafkiano en el lejano año 2668, y seres que recorren paisajes que parecen familiares pero que esconden lo extraño. Son historias inquietantes, donde lo cotidiano se tuerce de manera inesperada.
Twisted Tales from the Northwest reúne relatos sutiles, impregnados de un terror latente más sugerido que mostrado. No abunda la sangre, pero la inquietud persiste mucho después de cerrar el libro. Quizá sea mejor no leerlo de noche, cuando las sombras parecen más vivas de lo que deberían.
Get your copy →El Buen Sam
Conocí a Charles A. Hinderson por primera vez en un pequeño restaurante en Fall City donde me gusta comer después de pescar truchas arcoíris. Charles estaba todo ofuscado, con un traje casual de lana, suéter elegante y camisa blanca. Había llegado a preguntar direcciones, pero ahora usaba su puño para golpear en la barra mientras le gritaba a la cajera. Su cabello negro estaba peinado hacia atrás y lo tenía corto en el cuello. Su nariz era como su cuerpo: larga y delgada. Le quedaba bien a esa cara huesuda y sus ojos oscuros. Su complexión enjuta se oscureció mientras su frustración crecía con las indicaciones de la cajera.
— ¡No paran de cambiar el camino!
—Señor, ha estado cambiando por años, contestó la joven cajera y pasó la mirada por todos los que estaban viendo.
Noté el enrojecimiento desde su frente hasta el cuello y decidí ayudar. Siempre he tenido una inclinación a ser un buen Samaritano. Está claro que mis padres no se equivocaron al nombrarme Samuel B. Goodfellow. Dejé el billete y monedas en la barra y me puse mi careta de Sam el bueno. —Vamos, —ofrecí, —yo le muestro el camino.
Salimos hacia la única calle principal en el pueblo, una somera y fresca briza nos llegó desde el Río Snoqualmie anunciando que se acercaba el verano. Arriba, la briza empujó las grises nubes como un recordatorio de las lluvias de primavera aún nos acompañaban. — ¿Está familiarizado con el área? —Le pregunté.
—Alguien podría decir que la conozco bien. —Su voz estaba llena de amargura. —pero ha pasado tanto tiempo desde que dejé mi casa. Debo llegar a Seattle esta noche.
— ¿Dónde se estacionó?
Por respuesta él apuntó a un De Soto negro de 1936, yo silbé, estaba en excelentes condiciones, los acabados como nuevos, y aun tenia las placas originales. Más adelante me preguntaría porque no lo había detenido la policía, otros autos antiguos tienen placas especiales.
—Mire, el camino frente a nosotros es la autopista 202, diríjase al oeste directo hasta Redmond, solo manténgase en la 202 hasta que se junte con la 520 en Redmond. Tome la 520 a través del puente de la punta Evergreen hasta la 1-5, esto lo llevará a cualquier área al norte o sur de Seattle. Me detuve. Ninguna chispa en sus ojos café.
Como sea—agregué— la 1-90 probablemente sería más sencillo. Solo regrese y diríjase en la otra dirección—señalé hacia al final de la calle hacia el Hotel Colonial—De la vuelta a la derecha en el camino Preston, ¿Se acuerda de Preston? Él asintió afirmando.
—Bien, en el camino Preston las señales lo llevaran derecho a la 1-90, de vuelta a la derecha para ir al oeste hacia Seattle, atravesará Bellevue, La Isla Mercer y el Lago Washington.
— ¿Qué pasa con el ferri?—preguntó interrumpiendo mi discurso.
Mi boca enmudeció, maldición, él no se veía tan viejo. —Señor, ahí no ha habido ferri desde los años cuarenta.
Pareció que el aire se le fue—De cualquier manera, —continué—la 1-90 lo lleva a través de la Isla Mercer y del Lago Washington, ya llegando a Seattle puede ir en cualquier dirección que quiera.
Se le vio dudoso, — ¿Todavía existe el camino Emperador?
—Sí, solo que ahora lo llaman camino Martin Luter King Jr.
Una mirada decidida se notó en su cara y se volteó para estrechar mi mano. —Gracias, debo estar en casa para el anochecer. Su agarre era firme y cálido, algo más que preguntarme después.
Su viejo auto volvió a la vida al rodar y yo me regresé a recibir el cambio de Suzie la cajera, —Pienso que lo encarrilé en la dirección adecuada.
¡Já! —Derision balbució con su brillante boca—Él siempre viaja a Seattle, viene cada seis meses o algo así.
— ¿En serio?
— No solo eso, mi abuela solía darle las indicaciones, lleva mucho tiempo manejando a Seattle—ella risoteó—siempre lleve cuando él se va.
La lluvia empezó a rebotar otra vez en mi parabrisas mientras dejaba Fall City para atender la lista de compras de uno de mis clientes. Me reusaba a creer que el hombre que preguntaba direcciones era el responsable de la lluvia porque siempre llueve al oeste de Washington.
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