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Trilogía de San Cuthbert · Book 1
Traducido por José Gregorio Vásquez Salazar
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THE STORY
En la agreste Northumbria del siglo VII, Aella trabaja el cuero con maestría. Tras sobrevivir a la guerra contra los pictos, la vida lo une al carismático obispo Cuthbert y a la comunidad de monjes de Lindisfarne, quienes le encargan un trabajo que cambiará su destino: la encuadernación del Evangelio de San Juan. La belleza de su obra llama la atención del nuevo rey, Aldfrith, quien decide enviarlo a Irlanda para aprender a leer y escribir.
En la abadía de Lismore, Aella descubre un mundo de saberes, amistad y arte. Aprende a iluminar manuscritos, se adentra en la vida monástica y entabla lazos profundos con otros estudiantes, incluyendo el joven Lugaid, hijo de un caudillo local. Allí también conoce un amor que pondrá a prueba sus aspiraciones y su determinación.
Entre viajes, batallas y encargos reales, Aella empieza a vislumbrar una vocación más grande: preservar la memoria y la santidad de su amigo Cuthbert a través de un manuscrito único. Pero alcanzar ese objetivo implicará superar obstáculos, elegir entre deber y afecto, y forjar un legado que perdure más allá de su tiempo.
Get your copy →Hexham, Bernicia, abril de 684 d.C.
Lo que siempre quise hacer fue seguir los pasos de mi padre para ser peletero. En esto, lo logré en gran medida, excepto por un período turbulento que comenzó en el taller cuando una mano pesada sobre mi hombro me hizo sobresaltar. Solo tenía una veintena de inviernos detrás de mí.
—¿Aella, hijo de Oswin? —Una voz ronca dijo.
Dejé mi cuchillo en el banco, y aunque soy alto, miré hacia las facciones toscas de un guerrero más alto que yo por una cabeza.
—Soy Aella, pero ¿quién eres tú?
—Mi nombre es Berhtred y estoy aquí por asuntos del rey Ecgfrith. Tú y tu padre vendrán conmigo a la guerra.
Mi corazón saltó en mi pecho, a diferencia de mi padre, nunca había estado en la batalla.
—¿Dónde está Oswin?
Por fin, soltó el fuerte agarre en mi hombro, al mismo tiempo que me volvía para enfrentarlo. Su amplio pecho, cintura delgada ceñida y muslos musculosos me dijeron que estaba tan en forma como un ciervo de los páramos; por lo tanto, no era un hombre para contradecir. Pero eso es lo que tenía que hacer.
—Mi padre no puede venir, ha estado en cama con una enfermedad estos cinco días. Y si está enfermo, ¿quién ha de seguir en el taller sino yo?
Añadió un ceño fruncido a su semblante grave y su mano fue a la empuñadura de su daga.
—¿Desafiarías a tu rey, muchacho?
Tragué saliva, traté de forzar una sonrisa y dije:
—Lo llevaré con mi padre, Señor. Verá por usted mismo cómo le va y yo obedezco cada una de sus palabras. ¿Quizás le hablará sobre la orden del rey?
Por un momento tonto, pensé en agarrar mi cuchillo, tan cerca de la mano, pero el tamaño del hombre y su indudable destreza en una pelea enfriaron mi ardor.
—Yo guiaré el camino, Señor.
La casa necesitaba un cambio de aire porque estaba llena de humo y mal ventilada, pero mi madre no permitía que las corrientes de aire empeoraran la fiebre de mi padre.
—Madre, este es Lord Berhtred. Debe hablar con mi padre.
Ella miró ansiosamente a la figura imponente,
—Pero mi esposo no se encuentra bien, Señor.
El guerrero sonrió sombríamente.
—No tema, señora. Vengo por orden del rey y no exigiré demasiado a su hombre.
Yo estaba seguro de que él estaba comprobando la honestidad de mis palabras, aunque lo que acababa de decir la mujer demacrada frente a él debería haber sido una confirmación. Apartó una pesada cortina e indicó el espacio más allá que servía de dormitorio. Mi padre yacía pálido en su jergón, con la frente reluciente a causa de la fiebre. Él gimió y trató de sentarse, pero una mano enorme lo presionó, y con consideración, tiró de la piel de oveja sobre su pecho.
—Lamento que no se encuentre bien, Maestro Oswin. El rey Ecgfrith me envió a reunir hombres. Nos vamos a la guerra y el jefe del pueblo me dio su nombre y el de Aella. Para mí está claro que usted no está en condiciones de levantarse de su lecho de enfermo, pero su hijo está sano y servirá para nuestro propósito.
Escuché a mamá jadear y los ojos de papá se movieron ansiosamente de nuestro visitante a mí. Parecía horrorizado, pero solo podía gemir.
¿Vamos a morirnos de hambre? —La madre se lamentó—. ¿Quién trabajará el cuero?
La pobre mujer hizo mi pregunta anterior. Sin artículos terminados para intercambiar por alimentos, estaría en circunstancias desesperadas.
John Broughton

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