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Romance · Paranormal Romance

Fiebre De Sangre

Traducido por Ester García

Adéntrate en un mundo donde la pasión y la oscuridad se entrelazan en Fiebre De Sangre, una fascinante novela de romance paranormal de Simone Beaudelaire.

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THE STORY

About the book

Primavera de 1945. Mientras la guerra en Europa se acerca a su fin, las noches del barrio francés de Nueva Orleans esconden otra amenaza. El científico Philippe Dumont busca una cura para una enfermedad que parece fiebre amarilla, pero no lo es.

La investigadora Daphne Delaney se une a él para enfrentarse a un antiguo enemigo sediento de sangre. La búsqueda los lleva desde las calles de la ciudad hasta el pantano, y la atracción que nace entre ellos convierte su lucha en algo profundamente personal.

Philippe deberá encontrar al monstruo para salvar a Daphne. Pero el rey de los vampiros quiere hacer suyos a los dos para siempre.

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St. Mary Parish, Louisiana. 1945

─Estás chiflado, viejo─, dijo Donny mientras comía una sabrosa salchicha androlla .
─Mastica con la boca cerrada─, dijo la señora Delaney, poniendo su comida en el plato, ─y no hables a tu padre de ese modo.
─Pero mamá─, se quejó el joven, descansando un codo en el mantel rojo, ─quiere sembrar trigo. Vivimos en un terreno inundable. No vamos a conseguir nada de lechuga .
─ ¿Lechuga? ─, el señor Delaney miró a su hijo por encima del periódico. ─Nadie ha dicho nada de lechugas.
─Quiere decir dinero, papá─, explicó Daphne, tomando un delicado bocado de sus gachas de maíz. La explosión de sabor en su lengua la forzó a cerrar los ojos durante un momento. Mmm. Mamá hace las mejores gachas de Luisiana. Estoy segura de ello.
El señor Delaney observó a su hija. Su piel tostada por el sol resplandecía. ─ ¿Lechuga es dinero? Santo Moisés, cómo hablan estos chicos.
─Hijo, ¿no puedes usar palabras normales que todo el mundo pueda entender? ─ Rogó la señora Delaney.
Donny se encogió de hombros, metiéndose un gran trozo de tostada en la boca. ─Solo porque usted y padre sean unos anticuados no significa que yo tenga que serlo─, discutió Donny, esparciendo migas por la mesa.
─Esa boca, hijo─, le recriminó su madre. ─ ¿No aprendiste nada durante todos estos años? Oh, fue un error enviarte a la universidad.
─Dale con la cuchara, madre─, le instó el señor Delaney, volviendo su vista al periódico.
Aunque la señora Delaney no hizo ningún movimiento para obedecer, su hijo la miró fijamente. Al tragar rápidamente su tostada, se atragantó, y tomó un gran sorbo de café tibio. ─No estoy bromeando─, continuó. ─No te lo tomes así, pero la guerra casi ha terminado. El gobierno no está interesado en nuevos contratos. Pregunté. Sembrar trigo es una pérdida de dinero. Ahora, si cultivamos caña de azúcar o tal vez tabaco en nuestro nuevo campo, realmente podremos cocinar con gas.
Con un suspiro, el señor Delaney bajó de nuevo el periódico. ─ ¿Traducción, por favor? ─ Preguntó a su hija.
Daphne se metió un bocado de huevo en la boca, lo masticó y lo tragó. ─Cree que deberíamos sembrar caña de azúcar o tabaco─. Esa es la esencia del mensaje, al fin y al cabo, no hace falta enredarse para intentar explicar el argot.
─ ¿Qué? ¿Por qué? ─ Se volvió a su hijo, parpadeó, y volvió de nuevo sus apagados ojos verdes grisáceos a Daphne. ─ ¿Ha dicho que cree que la guerra casi ha terminado? La victoria en Europa no significa nada. El Pacífico podría estar en guerra durante años.
─De ninguna manera─, insistió Donny, esta vez sin un trozo de comida que acompañara su diatriba. ─Los líderes están de acuerdo. Los japoneses están acabados. Un año ni siquiera será suficiente para quitarles los huevos a los Arsenault.
─ ¿Huevos? ─ Exclamó la señora Delaney, horrorizada. ─Hijo, eso es… ¡vulgar!
Daphne escondió su risilla detrás de la taza de café. Hoy Donny está lanzado con el argot.
─Incluso si la guerra estuviera a punto de terminar, que no lo creo─, murmuró el señor Delaney. ─No sé por qué estarías de acuerdo en sembrar para pollos. Una vez que unamos nuestra operación con los Arsenault, tendremos una de las granjas más grandes de St. Mary Parrish. Para nosotros tiene más sentido sembrar grano que comprarlo.
─Todo es por la lechuga─, explicó Donny. ─Los huevos son malditamente baratos. A los chicos que vienen de otras tierras les gusta fumar, y querrán más. O dulces. Si le damos a la gente lo que quieren, pero no necesitan, pagarán más, ¿lo ves?
─ ¿Estamos hablando sobre lechuga otra vez? ─ Preguntó el señor Delaney.

Simone Beaudelaire

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